Ad Clicks : Ad Views : Ad Clicks : Ad Views : Ad Clicks : Ad Views : Ad Clicks : Ad Views : Ad Clicks : Ad Views : Ad Clicks : Ad Views :

Qué les deja el Mundial 2026 a las ciudades anfitrionas

Ganan visibilidad internacional y movimiento turístico, pero también enfrentan fuertes costos. El modelo de organización de la FIFA volvió a abrir el debate sobre la rentabilidad de los megaeventos deportivos.

¿Qué les queda realmente a las ciudades anfitrionas una vez que se terminan grandes eventos internacionales como los Juegos Olímpicos o la Copa Mundial de la FIFA?  En el caso de Estados Unidos, el balance aparece atravesado por contrastes. Por un lado, las ciudades obtienen visibilidad internacional, movimiento turístico, consumo en hoteles, bares, restaurantes y espacios de entretenimiento, además de mejoras puntuales en infraestructura y transporte. Por otro, deben afrontar gastos significativos en seguridad, logística, operativos urbanos, adecuación de estadios y organización de espacios públicos para los fanáticos.

El punto central del debate está en el modelo de organización. Diversos análisis advierten que los contratos del Mundial asignan a las ciudades anfitrionas y a sus comités locales buena parte de los costos operativos, mientras que los principales ingresos vinculados a entradas, patrocinio, derechos comerciales y explotación del evento quedan bajo control de la FIFA. Esa estructura limita la capacidad de los gobiernos locales para recuperar la inversión directa a través de la propia actividad mundialista. La situación no impacta de la misma manera en todas las sedes. En Nueva York/Nueva Jersey, donde el MetLife Stadium tiene un rol central dentro del calendario, el desafío pasa por la logística de transporte, la seguridad y la coordinación entre jurisdicciones. La región obtiene una vidriera global de enorme valor, pero también enfrenta costos elevados para garantizar accesos, movilidad y servicios en uno de los mercados urbanos más complejos del país.

Los Ángeles parte de una realidad diferente. La utilización del SoFi Stadium, una infraestructura ya existente y de escala internacional, evita el peso de construir un nuevo estadio. Sin embargo, la ciudad también enfrenta las tensiones propias de un megaevento, como son la presión sobre los precios, la demanda de servicios, los conflictos laborales latentes en sectores como hotelería y operaciones de estadio, y un turismo que tiende a concentrarse en segmentos de mayor poder adquisitivo.

En Dallas, el impacto aparece más asociado al consumo masivo. La presencia de partidos en el AT&T Stadium impulsa la actividad en bares, restaurantes, hoteles y espacios de entretenimiento, especialmente por el flujo de visitantes de otras ciudades. Aun así, la organización de fan zones y operativos de seguridad también exige recursos importantes, lo que obliga a ajustar expectativas sobre el retorno económico real para el sector público.

En Kansas City, una de las sedes más pequeñas (y base de la Selección), el torneo dejó una lectura de alto perfil pero también de resultados desparejos. La ciudad fue elegida para recibir seis partidos, incluido un cruce de cuartos de final, y proyecta alrededor de 650.000 visitantes durante la competencia. Ese volumen reforzó su posicionamiento como plaza deportiva y turística, con movimiento en zonas de alta circulación, bares, restaurantes y espacios vinculados al fan fest. Sin embargo, el impacto no es uniforme y  mientras algunos comercios gastronómicos y puntos turísticos registran mayor actividad, otros negocios quedan al margen del flujo principal de visitantes o tiene una demanda irregular. A esto se suman desafíos operativos en transporte, seguridad y gestión de multitudes, especialmente en los primeros partidos, aunque también aparecieron iniciativas de legado social, como la recuperación de excedentes de alimentos del torneo para asistir a familias locales.

Seattle refleja otra cara del fenómeno. En este tipo de eventos, no todos los comercios cercanos a los estadios capturan los beneficios esperados. La concentración del consumo dentro de áreas oficiales, los cambios en la circulación habitual y el desplazamiento de clientes locales pueden generar un efecto contradictorio: más visitantes en la ciudad, pero no necesariamente más ingresos para todos los negocios de cercanía.

Boston/Foxborough expone a su vez el peso de la seguridad dentro de la ecuación. Allí, las discusiones sobre quién debía afrontar esos costos mostraron hasta qué punto los operativos necesarios para recibir partidos del Mundial pueden tensionar presupuestos locales y acuerdos institucionales.

El turismo también deja una lectura matizada. Los grandes eventos suelen atraer visitantes internacionales y elevar la ocupación en determinados momentos, pero también pueden desplazar al turismo tradicional, a los viajes corporativos y a convenciones que eligen evitar fechas de alta demanda, precios elevados o restricciones de movilidad. Ese fenómeno, conocido como efecto de sustitución, reduce el impacto neto: parte del dinero que ingresa por los hinchas reemplaza consumos que de todos modos habrían ocurrido por otras vías.

Aun con esos límites, el Mundial puede dejar activos intangibles relevantes. La exposición global, la mejora de la imagen de destino, la experiencia de coordinación interinstitucional y la posibilidad de mostrar capacidad organizativa tienen valor para ciudades que compiten por congresos, ferias, espectáculos y futuros eventos deportivos. También pueden quedar obras de transporte, espacios públicos renovados o mejoras operativas que continúen después del torneo.

El interrogante es si esos beneficios compensan el gasto público y las concesiones otorgadas para recibir el evento. Para los defensores del Mundial, la oportunidad de posicionamiento internacional y el movimiento económico de corto plazo justifican la inversión. Para los críticos, el modelo concentra las ganancias en la organización central y deja a las ciudades con una carga financiera difícil de amortizar.

Esta altura div necesaria para habilitar la sticky sidebar