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Reegresados, un nuevo nicho para Bariloche

En la antesala del Día del Amigo, crece una propuesta turística que convoca a adultos a regresar a San Carlos de Bariloche para recrear el clásico viaje de egresados, con estética retro, hotelería premium y experiencias adaptadas al salto generacional.

El viaje de egresados a Bariloche ya no pertenece únicamente al universo adolescente. En la antesala del Día del Amigo, una nueva tendencia gana terreno entre adultos argentinos que buscan volver a San Carlos de Bariloche para revivir aquella experiencia escolar, pero desde la comodidad, los gustos y las posibilidades de la vida adulta. Se trata del viaje de reegresados, que algunos también llaman Bariloche Old School. Combina turismo, nostalgia y reencuentro. El eje no pasa solo por regresar a un destino emblemático, sino por recuperar el clima emocional de una etapa marcada por amistades, anécdotas, primeras salidas y rituales compartidos.

Impulsada por el empresario turístico Javier Pascual, la iniciativa plantea una versión resignificada del clásico viaje de egresados. “No buscamos que sea igual, sino resignificarlo: volver a ese momento con todo lo que sos hoy, recuperando partes tuyas que quedaron en pausa”, explica. La experiencia recrea parte del itinerario tradicional de Bariloche, pero con un formato adaptado al público adulto. Los programas incluyen hotelería de categoría, propuestas gastronómicas, excursiones, momentos de descanso y salidas nocturnas en boliches emblemáticos como Cerebro y Bypass, con fiestas temáticas y ambientaciones retro. Uno de los diferenciales de la propuesta es que cada viaje se diseña según la generación de los participantes. Para quienes egresaron en los años 80 y 90, la experiencia recupera códigos de una adolescencia sin redes sociales ni smartphones, atravesada por los lentos, el rock nacional, los VHS, los Walkman, los auriculares con cable y las cartas escritas a mano.

Para la generación de los 2000, el programa incorpora referencias a Fotolog, ICQ, Messenger, cámaras digitales y los primeros consumos digitales que empezaron a transformar los vínculos. En tanto, los millennials tardíos y centennials encuentran una versión vinculada a la hiperconectividad, las fiestas intensas y la posibilidad de revisitar la experiencia desde la primera adultez.

La curaduría musical, la gráfica, las consignas de las fiestas y la ambientación de los espacios buscan recrear el clima cultural de cada época. El objetivo es que los viajeros no solo recorran Bariloche, sino que vuelvan por unos días a una parte de su propia historia.

A diferencia del viaje adolescente, el fenómeno de los reegresados pone mayor énfasis en el confort, la gastronomía y el disfrute del destino. Las excursiones tradicionales, como Circuito Chico, Cerro Campanario o Cerro Catedral, conviven con experiencias al aire libre, catas de chocolate artesanal, paseos por paisajes patagónicos y, en algunos casos, extensiones hacia Villa La Angostura, San Martín de los Andes o la Ruta de los Siete Lagos. La vida nocturna sigue ocupando un lugar importante, pero ya no aparece necesariamente asociada al descontrol juvenil, sino a la posibilidad de compartir una salida con amigos desde otro momento de la vida. Para muchos grupos, el atractivo está en reencontrarse sin las presiones escolares, laborales o familiares, y recuperar la complicidad que marcó los años de secundaria.

El crecimiento de esta tendencia se inscribe en un fenómeno más amplio: el auge de la nostalgia como motor de consumo cultural y turístico. En un contexto atravesado por la velocidad, la hiperconectividad y la rutina laboral, muchas personas buscan experiencias que les permitan reconectar con recuerdos, pertenencias e identidades compartidas.

En ese sentido, Bariloche tiene un valor simbólico particular. Para generaciones de argentinos, el destino representa mucho más que un viaje: es un rito de cierre de la secundaria, un archivo emocional de amistades y una postal de juventud que permanece asociada a canciones, boliches, excursiones y anécdotas.

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